El rincón del bitarrero

La invasión de Santillana

22/Abril/2007 · 2 comentarios

Ya era demasiado tarde cuando aquel Viernes Santo me ví inmerso en una marea humana que intentaba colonizar cada metro cuadrado de Santillana del Mar. Había que seguir el sentido de aquella corriente. Cualquier despiste podría dar con mis huesos en el suelo. Muy pronto entendí el objetivo de aquella operación; no podía quedar ni un rincón, ni un centímetro de Santillana sin ser tocado por la mano del hombre, todo debía ser tocado, pisado y fotografiado. No era tarea fácil; en aquella escarpada calle había un sinfín de tiendas a diestro y siniestro que no podrían escapar a aquella invasión ’santa’. Miel, orujos varios, la camiseta con el toro, el cenicero con el nombre del lugar,… todo debería ser visto, olido, tocado, fotografiado…, e inclusio ¡comprado!. Avanzábamos imparables por aquella calle cuando, de repente, allí estaba sin duda una pieza muy jugosa para aquella bestia invasora. El auténtico ¡Museo de la Tortura!. Oh, sí. Con aquella armadura a la entrada, que debía ser abrazada y fotografiada hasta sacarle el brillo que otrora debió tener. ¿y qué me decís de aquel artilugio de tortura que tímidamente se dejaba observar desde fuera del muro?, menudo placer para el invasor. El árbol que había justo enfrente del museo era, sin lugar a dudas, un buen lugar para subir y tener una vista privilegiada de semejante hallazgo. Pero la bestia no debía conformarse con aquella pequeña conquista, debía seguir avanzando. Y es que aún quedaba mucho por invadir. ¿O acaso era menos importante la ‘Exposición del barquillo’? Aquella tiendecita de dos plantas tenía un reclamo más que interesante para el invasor. Había que entrar a aquella exposición. El barquillo debía ser tocado, olido, fotografiado… Una gozada visual, eso era lo que regalaba la vista de la invasión desde lo más alto de aquella calle. Aquella vista certificaba el éxito de la invasión; y su continuidad: a lo lejos, cantidad de autobuses seguían descargando refuerzos. El museo de Jesús Otero, gran escultor de la localidad, el parador, bares y restaurantes, nada, absolutamente nada quedó exento de aquella invasión.  Ni siquiera la cercanía de las cuevas de Altamira logró disuadir a la bestia invasora, imparable y sin escrúpulos. Si algún lugareño cometió el error de dejar la puerta de su casa abierta mientras iba a por el pan, seguramente al volver encontró su casa convertida en improvisado museo, con una tropa invasora en su interior comentando lo ‘típico’ que era el perchero, o lo realista que era aquella reproducción de una cocina antigua, con un rico cocido montañés haciéndose en la olla. No fue fácil desertar de aquel ejército invasor, pero lo conseguí. El hambre de la bestia era insaciable, no lo podéis ni imaginar. Lo mejor es que vayais y lo comprobeis por vosotros mismos.

Despues, el camino siguió hacia San Vicente de la Barquera, pero ese es otro ‘cantar’.

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2 respuestas hasta el momento ↓

  • waltinho // 28/Abril/2007 a 4:14 pm | Responder

    Soy una santillés (bueno no se el gentilicio de Santillana del mar) Os quiero contar lo que me sucedió. Resulta que estaba en casa haciendo una típica fabada cántabra, con sus fabes, con el chori, tocinillo y todo eso, cuando derrepente me di cuenta de que me había dejado la puerta de la calle abierta. Era demasiado tarde, dos riojanos, un extremeño, y un navarro estaban sentados en la mesa esperando que les sirviera. El resto de la historia ya la conoceis. Un saludo

  • JoSe // 2/Mayo/2007 a 1:06 pm | Responder

    Este ciudadano sintió en sus propias carnes el hambre (nunca mejor dicho) insaciable de la bestia invasora. Gracias por compartir con nosotros tu trágica experiencia y esperamos sirva para prevenir a otras posibles víctimas. Saludos.

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